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I

Bordes. El límite de una presunta caída, la náusea del vértigo, la espera insoportable. El voyeur cruza la frontera tartamudeando. Los niños juegan en el jardín de jazmines, fritándose al sol. El sexo de unos es el sexo de los otros. Ya no le importan, no sabe a dónde va, ni por qué. Ya no importa la República de los niños. Los jardines le provocan náuseas. Es ciudadano de la mierda, de las moscas, de las manos sucias. Este es el tiempo de los niños ¡qué vuelvan las manos!

Colibrí

Y en los chorros de flores mitigaban su deseo de Dios los colibríes.

Miguel Ángel Asturias, “Leyenda del tesoro del Lugar Florido” (Leyendas de Guatemala)

Abierta la ventana
entra la madrugada fría
y al golpe del hibisco en la mirada
me sorprende un pica-flor
colgando del aire

Pienso que escapa
pero se suspende frente a las flores rojas
come para mitigar la ausencia de dios

Trago la mañana
busco en sus ojos-brillo
alguna señal
que me niegue que moriré sin remedio

calma

Y qué tal si algo rompe esta calma.
Si por alguna razón se deshiciera el tiempo,
el árbol cayera frente a la casa,
la hospitalidad se hiciera hostilidad,
se precipitara mi cuerpo al vacío.

La calma es esta ventana
todas las ventanas
en donde esperé:
la del ventilador empujando al silencio
por la que caían hojas secas,
la del velo,
y la ahora triunfante
en su torre,
de frente al apocalipsis
que no llega.

Me canso de esperar
mis manos escriben
que me canso de esperar

si nada va a caer del cielo
como una maldición
dejo las ventanas
abiertas
y bajo a almorzar

canto

Si cantara mi canto no tendría dios
ni sería un canto a mi mismo
mi propio no-canto
esta poesía escrita
es canto sin dios y sin mi

errar, carraspear, tos
anudada en la garganta voz
sin destino
sin verbo ni reverso
palabra sobre palabra
sobre escrita y deficiente

si cantara mi canto sería
la máscara de un santo venido a menos
deambulando infinito
en busca de un canto