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mi lengua tosca

(debo recordarte, tus piernas torcidas)

escribo dos palabras, vértigo de no ser bellas,
de no bien hablar

las paredes manchadas de un respiradero
el pedazo de cielo, las nubes a toda velocidad
los cables oxidados
las conversaciones telefónicas de la vecina 
diciendo la le li, enfatizando las eles, la lengua siempre tras los dientes 
la lengua siempre con dios 
en la boca

tampoco este lenguaje tosco, estas palabras repetidas
soy yo, 
tampoco este lenguaje tosco, estas palabras repetidas

estoy con adorno ninguna poesía	           silencio
solo el vacío 
y qué hay detrás de la cortina, 
el filo frío cuchillo,
el patio, la lluvia, el sur

no hay nada
uno, dos, treinta y tres gauchos
un arma cargada de pasado, de aburrimiento, de poesía
pedorra
un homenaje a juana, a delmira (sin concha, claro) 
escribir poemas de poetas
para poetas, sobre poemas

sin perder el tiempo, rápidamente

poesía no
soy yo
 
es este cansancio, 
ancestral, 
de cargar con espermatozoides
y palabras
y con ojos

IV

Los niños escriben sonetos. Uno de ellos se afeita las cejas, y lee ante un público numeroso. Una niña se toca bajo la pollera, emocionada por la composición. La voz del poeta le parece áspera, como el roce con el nylon. El resto de los niños aplaude a coro. El soneto la envuelve. La niña finalmente se ahoga. Hacen eso los sonetos, claro, en un público selecto, cuyas ocupaciones son el silencio y el susurro cómplice.

III

La poesía es un juego de niños. Odio a los poetas de esta ciudad. Se van por las ramas, y cuanto más suben, el culo más se le ve. Los odio porque se les fue de las manos, y llevaría mucho trabajo amarrarla otra vez. Odio a los poetas de esta ciudad. Porque son perezosos. Porque no va más. Porque tiembla el piso, y los quicios ya no son seguros.

I

Bordes. El límite de una presunta caída, la náusea del vértigo, la espera insoportable. El voyeur cruza la frontera tartamudeando. Los niños juegan en el jardín de jazmines, fritándose al sol. El sexo de unos es el sexo de los otros. Ya no le importan, no sabe a dónde va, ni por qué. Ya no importa la República de los niños. Los jardines le provocan náuseas. Es ciudadano de la mierda, de las moscas, de las manos sucias. Este es el tiempo de los niños ¡qué vuelvan las manos!