mañana fría de domingo
amanezco con sueños de huérfano
mi padre regresa del Norte
la cocina llena de pequeños insectos
lo veo durmiendo en la cama de nuestra antigua casa
escucho un montón de pájaros cantando
él se muere en mí todos los días
tengo miedo de acostarme a dormir y amanecer muriendo
tengo frío no hay antigua casa esta es mi casa
donde muero, donde sigue muriendo mi padre
huelo al café de la mañana
este malestar de estómago vacío
la cama en mi espalda
mi madre me dice que mi padre ha regresado
de su viaje al Norte
me miro en el rostro de mis hijas
mi padre muere otra vez
y yo con sueños de huérfano
lo espero llegar
I
Bordes. El límite de una presunta caída, la náusea del vértigo, la espera insoportable. El voyeur cruza la frontera tartamudeando. Los niños juegan en el jardín de jazmines, fritándose al sol. El sexo de unos es el sexo de los otros. Ya no le importan, no sabe a dónde va, ni por qué. Ya no importa la República de los niños. Los jardines le provocan náuseas. Es ciudadano de la mierda, de las moscas, de las manos sucias. Este es el tiempo de los niños ¡qué vuelvan las manos!
Colibrí
Y en los chorros de flores mitigaban su deseo de Dios los colibríes.
Miguel Ángel Asturias, “Leyenda del tesoro del Lugar Florido” (Leyendas de Guatemala)
Abierta la ventana
entra la madrugada fría
y al golpe del hibisco en la mirada
me sorprende un pica-flor
colgando del aire
Pienso que escapa
pero se suspende frente a las flores rojas
come para mitigar la ausencia de dios
Trago la mañana
busco en sus ojos-brillo
alguna señal
que me niegue que moriré sin remedio
cuento de hadas
Los sapos asedian tu castillo
cantan al unísono su mejor canción
cada cual con su mejor vestido
sueña que tu beso termine con su calvario
Con un ojo en el agua y el otro en piel ajena
fingen que nada pasa
prologan el momento en que se apaguen las luces
y la princesa se acueste con otro
sin darles las buenas noches
lo que sé de los animales
cuando cae el sol
miro a lo lejos la copa de un árbol viejo
años y años sosteniendo a un pájaro
que levanta un ala
y luego la otra
sacándose un piojo de entre las plumas
mientras me abraza la noche
el pájaro
se desprende de la rama
y vuela
borde
y entonces me encuentro al borde de una playa lejana
sin límites
esperando como un niño un cuerpo muerto que golpeé la orilla
como una señal que acabe con las pestes
el cuerpo nunca golpeará la arena
no lo hará otra vez
alguien dice
podés volver a casa
no te comportes como el niño en la orilla
calma
Y qué tal si algo rompe esta calma.
Si por alguna razón se deshiciera el tiempo,
el árbol cayera frente a la casa,
la hospitalidad se hiciera hostilidad,
se precipitara mi cuerpo al vacío.
La calma es esta ventana
todas las ventanas
en donde esperé:
la del ventilador empujando al silencio
por la que caían hojas secas,
la del velo,
y la ahora triunfante
en su torre,
de frente al apocalipsis
que no llega.
Me canso de esperar
mis manos escriben
que me canso de esperar
si nada va a caer del cielo
como una maldición
dejo las ventanas
abiertas
y bajo a almorzar
canto
Si cantara mi canto no tendría dios
ni sería un canto a mi mismo
mi propio no-canto
esta poesía escrita
es canto sin dios y sin mi
errar, carraspear, tos
anudada en la garganta voz
sin destino
sin verbo ni reverso
palabra sobre palabra
sobre escrita y deficiente
si cantara mi canto sería
la máscara de un santo venido a menos
deambulando infinito
en busca de un canto
Uno
No existe la perfección.
Existe este texto.