Cuando, despierto ya el día,
el jardín ofrece églogas melodías,
el viento se vuelve tormento
de la cabellera dormida,
despiertan los ojos adánicos
llenos de luz y sin lengua,
quisieran decir:
“ya, incandescente brillo,
deja que cierre el párpado
y vuelva a la cama”.