IV

Los niños escriben sonetos. Uno de ellos se afeita las cejas, y lee ante un público numeroso. Una niña se toca bajo la pollera, emocionada por la composición. La voz del poeta le parece áspera, como el roce con el nylon. El resto de los niños aplaude a coro. El soneto la envuelve. La niña finalmente se ahoga. Hacen eso los sonetos, claro, en un público selecto, cuyas ocupaciones son el silencio y el susurro cómplice.

raíces

Se secó el año pasado y aunque floreció por última vez en primavera, murió en enero. Son como cuerdas que sostienen el árbol, tensas, bajo la tierra dura, apisonada. Sacarlas no es sencillo. No entiendo por qué Hemingway eligió la metáfora del iceberg. Aquí, no muy lejos, un árbol invertido me espera bajo tierra y decido desenterrarlo.

Miro por la ventana ahora, después de cerrar el pozo, como si acabara de enterrar un muerto.

¿Quedará en la tierra la memoria del vacío que dejaron sus raíces?

III

La poesía es un juego de niños. Odio a los poetas de esta ciudad. Se van por las ramas, y cuanto más suben, el culo más se le ve. Los odio porque se les fue de las manos, y llevaría mucho trabajo amarrarla otra vez. Odio a los poetas de esta ciudad. Porque son perezosos. Porque no va más. Porque tiembla el piso, y los quicios ya no son seguros.

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