Los niños escriben sonetos. Uno de ellos se afeita las cejas, y lee ante un público numeroso. Una niña se toca bajo la pollera, emocionada por la composición. La voz del poeta le parece áspera, como el roce con el nylon. El resto de los niños aplaude a coro. El soneto la envuelve. La niña finalmente se ahoga. Hacen eso los sonetos, claro, en un público selecto, cuyas ocupaciones son el silencio y el susurro cómplice.